La naturaleza moldea la cultura y viceversa. Con frecuencia cuesta distinguir qué es natural y qué es cultural. Diría que hay ciertas regularidades en la manera de funcionar de hombres y mujeres y que estas diferencias pueden causar problemas de convivencia con el otro género. Sin embargo esto de las diferencias es una cuestión secundaria. De acuerdo, primero hay que poder apreciar las diferencias para poder comprenderse; pero una vez apreciadas qué hago con esta información, cómo la manejo en una relación.
Las relaciones humanas son material altamente sensible y reducirlas a un encuadre de género es un planteamiento demasiado estrecho. Los humanos somos mamíferos. Decir mamíferos quiere decir que algunos de nuestros sistemas fisiológicos son abiertos, que no pueden regularse sin el contacto afectivo con alguien que no sea yo, con alguien de fuera, con otro mamífero humano. En pocas palabras, nos necesitamos.
Esta necesidad es algo muy poderoso y muy delicado. Cuando dos personas están dispuestas a reconocer que en su necesidad hay inconciencia, dolor y miedo esto de la guerra de los sexos pierde mucho fuelle.
Considerar a otra persona como alguien digno con independencia que cumpla con mis expectativas; mirar a otra persona de igual a igual sin utilizar el mayor dominio de habilidades o conocimientos para ponerme por encima o por debajo; dar por la simple recompensa de entregarme; un intercambio compensado entre dar y recibir. Cuando éstas y otras dinámicas que afectan a la capacidad de relación están bien lubricadas esto de la guerra de los sexos queda reducido a polvo.
De lejos todo se ve claro pero de cerca no tanto. En esto pienso cuando se habla de la integración de lo masculino y lo femenino. La distinción masculino-femenino y las características consideradas masculinas ( expansión, directo, racional…) y femeninas ( recepción, dar vida, suave, emocional…) no son más que abstracciones. Como pasa con toda abstracción tiene dos partes. Una parte es orientativa y palpable en la realidad; la otra parte es simplificadora, busca homogeneidad en lo heterogéneo, presenta una historia con muchos capítulos en un capítulo único.
De lo que se se trata es de desarrollar aspectos incompletos y potencialidades dormidas. Para este camino la polaridad masculino-femenino a mi no me ha servido de gran cosa. En su momento intenté ser más masculino y también, como no, más femenino, pero la aventura me llevó a una confusión tal que opté por abandonar este marco de referencia.
El paso del tiempo me ha permitido ver aquella confusión con perspectiva y detectar con qué materiales estaba forjada.
Había un afán de mejora que escondía falta de aceptación y cariño hacia mi mismo. También había preguntas importantes que habían quedado sin formular. Eran preguntas que apuntaban hacia una dirección donde no quería mirar: para qué esta búsqueda de lo masculino y lo femenino, para satisfacer a quién; qué o quién tenía el papel de vara de medir a la hora de encaminar, determinar y valorar el contenido de lo masculino y lo femenino en cada contexto particular.
También había una fascinación intelectual por la teoría junguiana del animus y el anima, lo masculino que desciende hasta lo masculino para encontrar allí su verdadero rostro. La fascinación me hizo olvidar que simplemente es una teoría, una combinación de pensamiento esencialista y trascendental con un con un nivel de abstracción y elaboración muy elevados. Si alguien quiere utilizar esta hipótesis para construir su realidad me parece perfecto, pero tampoco es imprescindible.
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