martes, 3 de abril de 2012

Masculinidad (I)


Al escribir sobre hombres y masculinidad tengo la tentación de querer que todos los cabos queden bien atados. En cambio, la realidad es que no puedo y que en verdad tampoco quiero. El resultado es que en esta partitura aparecerán notas que reflejan mi tendencia a analizar y sistematizar y otras notas medio impresionistas medio poéticas que son el eco de mi voz cuando hablo a corazón abierto.

Releyendo los libros sobre masculinidad que en su momento me sirvieron de brújula resulta que aquellas páginas ahora me aburren. Investigué y comprendí muchas cosas, pero en la actualidad toda aquella comprensión se resume en que no había gran cosa que comprender.

Para mi preguntarme por la esencia de la masculinidad es un hechizo del cual prefiero mantenerme alejado. Desde hace cuatro años formo parte de un grupo de hombres. Nos escuchamos, compartimos dudas, sufrimiento y alegría, utilizamos el trabajo corporal y el movimiento para expresar y mostrarnos. A cada uno de nosotros esto nos aporta cosas diferentes. Allí no busco mi esencia como hombre, simplemente me completo como persona, visito tonalidades de la experiencia poco conocidas por mi, tonalidades que tienen que ver con depositar la intimidad en otros hombres y no en una mujer.

Los humanos pensamos-sentimos-actuamos y nos vinculamos con otros humanos. En estos ámbitos aparecen dificultades por diversas razones. De lo que se trata es de detectar puntos ciegos, aspectos infradesarrollados y negados, explorar qué esconden, darles un espacio para que circulen y respetar lo que surja. Entiendo que un planteamiento tan sencillo pueda parecer poco profundo, poco sólido, que uno se quede con la sensación que aquí falta algo más.

Las preguntas sobre la esencia son el legado de una tradición intelectual determinada, una tradición que privilegia la visión clara, aquello que permanece inmutable más allá del cambio, aquello general y compartible, aquello susceptible de ser pensado como estático y distinguible. En el fondo es una manera de relacionarse con la vida, una manera que tiene su utilidad y también sus carencias. Puede esconder ansia de control, puede imponer problemas y soluciones sobre la realidad para exorcitar lo complejo, puede obviar el peso de los procesos, de lo indefinible, de lo particular, de la organización espontánea y de la paradoja.

Hombres, olvidad el cuento de la esencia masculina. La búsqueda de una esencia puede convertirse con gran facilidad en la persecución de un espejismo, de un lugar donde estar a salvo de toda incertidumbre y de toda imperfección. Es el viejo tema de la separación entre yo y el mundo y el impulso de eliminar esta fisura como sea en lugar de vivirla a pecho descubierto. Para tratar con esta fisura no hay recetas, pero hay dos movimientos que dan mucha cancha.

Se trata de la inmanencia y la trascendencia. Inmanencia quiere decir que no hay más cera que la que arde, que el camino es abrirse a lo que hay aquí y ahora. La trascendencia es que lo bueno está por venir, es dar un salto por encima de lo que hay para salir de automatismos y limitaciones. ¿ Cuándo conviene darle a la inmanencia y cúando a la trascendencia? Hay que repetirlo, no hay recetas ( ámbito del conocimiento), pero se pueden cultivar determinadas actitudes ( ámbito de la práctica) que facilitan la vida, básicamente tienen que ver con la conciencia despierta y el amor-confianza en uno mismo y en el mundo.

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