En las relaciones humanas es interesante reconocer el espacio que queda entre los extremos de la dependencia ( “sin ti no soy nada”) y el aislamiento (“no te necesito”). Nos necesitamos y al mismo tiempo hay cosas que el otro no me puede dar ni puede hacer por mi. De la necesidad surge la idealización y de lo que el otro no me puede dar surge el desencanto. A menor idealización y menor desencanto más realidad, más vulnerabilidad, más vida.
Cuando se vive con la conciencia y la capacidad de atención muy dormidas hacen falta grandes excitaciones para sentir la vida. Lo que no es fuego emocional pasa desapercibido cuando, en cambio, allí hay muchas monedas de oro y mucho amor.
El amor también es intimidad. Según el tipo de amor y la persona hay diferentes grados de intimidad. La intimidad saludable es mostrarme como soy sin temor a ser descalificado y rechazado.
El amor también es ampliar el sentido de mi identidad, incluir a alguien que no soy yo como referente importante de mi vida. El caso más acentuado es el enamoramiento; pero esta ampliación es algo que aparece en todas las expresiones del amor, con una intensidad diferente de la del enamoramiento pero muy enriquecedora.
El pensamiento tiene un ritmo rápido y planifica soluciones en un instante, pero la afectividad tiene un ritmo más lento y su lenguaje no es el de la lógica. Una afectividad herida se reconduce en una dirección menos nociva mediante el contacto con otros humanos que encarnan esa dirección.
Nuestro cerebro emocional, que es mamífero, funciona por contagio no por razonamiento. Las emociones son fisiología en movimiento. Nuestro cerebro emocional es un sistema abierto que se regula mediante un intercambio fisiológico involuntario con otro cerebro emocional. Este intercambio modifica nuesta secreción hormonal, nuestro ritmo respiratorio, nuestro ritmo cardiovascular, nuestro sistema inmunológico, y de este modo nuestra afectividad torcida va en una dirección más sana.
En una de sus novelas William Faulkner escribía, por boca de uno de los personajes, que los humanos preferimos lo conocido que nos hace sufrir al vacío de lo desconocido. Gurdieff también lo decía. Las neurociencias han descubierto que en el sufrimiento segregamos substancias químicas con componentes adictivos. No hace falta ser Faulkner ni Gurdieff ni tampoco las neurociencias para decir esto, creo que el apego a la comodidad de lo conocido y al sufrimiento es una experiencia bastante común, para mi lo es y me consta que para otros también. En el amor esto es típico.
Sería ideal vivir sin falsificaciones del amor: pudiendo dar de corazón, sin posesividad, sin utilizar el amor como arma de poder, ofreciendo más abundancia que carencia, sin sentirme indigno de recibir… Sería ideal, pero quizá sería más tarea de dioses que de humanos. Tolerar la imperfección sin indulgencia también es parte del amor, es tratarse con cariño. “Tratarse con cariño”, parace poco pero es mucho, lo digo por experiencia. Con un mínimo de conciencia sobre lo que nos aleja de un amor más sano se puede andar mucho trecho.
El amor básicamente es amor a uno mismo, confianza en la vida, entrega a la vida, aceptar la vida tal como es, con su dolor y su alegría. Esto es fácil de entender y no tan fácil de practicar. Llegado a este punto sobran las palabras. Si uno esta dispuesto este es el camino. No hay atajos y cada persona es un mundo.
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