martes, 3 de abril de 2012

El Amor (I)


No escribo estas palabras como experto ni tampoco como técnico especialista en el asunto del amor. Éstas son palabras escritas por un humano que padecía ( padece) y gozaba (goza) a causa del amor. Un humano que en su día logró abrirse al coraje y la humildad suficientes para reconocer su dolor y juntarse con otros humanos para compartir experiencias, mostrar dudas y pedir orientación. Ahora ocupo el lugar que en su momento otros ocuparon y continúan ocupando para mi, crear contextos que facilitan una (re)educación de la capacidad de amar.

Cuando escribo me asalta el temor de expresarme en términos excesivamente abstractos. En más de una ocasión he comentado este temor con amigos compañeros de profesión. Algunos consideran que mi estilo es perfectamente comprensible y otros estiman que debería expresarme más “con el lenguaje de la calle” ¿ Para qué escribir si no va a llegar al lector? Con el tiempo me he posicionado hasta determinar que no era cuestión de cambiar de estilo sino de ampliarlo. Tiendo a la abstracción, a sintetizar mucha información en pocas palabras. Es mi manera de buscar claridad y de ofrecerla, es el reflejo de un impulso que habita en lo más hondo de mi. Ampliar mi estilo quiere decir mostrar una parte de mi más arrebatada y poética, abordar la materia con menor preocupación lógica y más emocionalidad.

Hasta no hace tanto tiempo el amor era una cuestión tratada por la filosofía, las religiones y la literatura. En el siglo pasado este tema empezó a incorporar las aportaciones de las humanidades ( sociología, antropología, historia de las ideas), de la psicología, las neurociencias y la terapia. Esta suma de perspectivas ha ido destilando una serie de orientaciones provechosas para entender cómo el amor se acaba convirtiendo en motivo de sufrimiento y para aprender a manejarse ante esta situación.
El amor sigue siendo un misterio, algo que escapa a definiciones; sin embargo, conocer algunos de sus componentes y de sus dinámicas permite tener una visión de por dónde van las cosas.

Claudio Naranjo sostiene que en el amor hay tres elementos básicos. Uno tiene que ver con el disfrutar, con disfrutar de los propios deseos, con disfrutar la alegría y la belleza propia y de otros; esta parte está vinculada con la sexualidad. El segundo elemento tiene que ver con la protección, con cuidar y dejarse cuidar, con la empatía y la generosidad. El tercer elemento tiene relación con la capacidad de valorar, respetar y admirar ideas y personas, con la capacidad de valorar que hay cosas más grandes que uno mismo. Esta teoría es una revisión psicologizada del sustrato cultural de la Grecia Clásica, donde se distinguía entre eros (atracción apasionada), ágape ( una especie de compasión) y philia ( amor asociado a la amistad).

Cuando uno de estos tres elementos es negado o está infradesarrollado aparece un movimiento de compensación que nos lleva a perseguirlo en el lugar equivocado mediante búsquedas imposibles. La salida está en el equilibrio, en desarrollar todas las partes.

 El amor se concreta en una relación, se concreta vinculándonos con otras personas. En las relaciones entre adultos la reciprocidad es fuente de bienestar. Cada uno de nosotros solo podemos dar lo que tenemos. Detrás de la dificultad para dar y la insistencia en recibir hay una relación desde la carencia. Esta carencia tiene que ver con sentirse desprotegido-desamparado ante la vida, con falta de aceptación y valoración incondicional de uno mismo, con la búsqueda de reconocimiento y admiración.

 Es importante poner luz sobre la carencia, reconocer con que materiales está forjada. Vivir la carencia de manera conciente es un proceso que precisa de mucha delicadeza. Esta delicadeza es proporcional a los beneficios obtenidos.

 Cuando uno empieza a poder/querer experimentar su desamparo, su falta de aceptación, su reclamo de ser admirado, entonces estos factores se empiezan a transformar, dejan de ser fuerzas ciegas y la energía metabólica que consumen se va encaminando en una dirección más constructiva, de mayor plenitud y libertad. Darme aceptación en lugar de reclamarla del exterior es motivo de libertad; vivenciar que hay más gratificación en admirar que en reclamar admiración es motivo de plenitud; también hay más plenitud en entregarse (dar) a otra persona que en reclamar que llene mis vacíos. La lista es muy larga y cada uno de nosotros puede confeccionar la suya.

No hay comentarios:

Publicar un comentario